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10 Ene Dieta y Emociones

¿Para qué comemos? ¿Qué funciones tiene un alimento? ¿Cómo interactúa en el organismo?

La alimentación sirve sin duda de combustible de nuestro cuerpo físico pero también de nuestro cuerpo emocional y mental. Funcionamos como unidad, un acto físico repercute irremediablemente en un estado emocional y mental, y el comer es un acto físico.

Un acto de hecho, en el que es necesario que se proporcione placer y cierta saciedad pero lidiado al EQUILIBRIO, y para ello, necesitamos que el comer sea regido por la consciencia y respeto hacia uno mismo. No nos olvidemos de cuál es nuestro objetivo, enfoque, encuadro, la dirección que estamos tomando: mantener o mejor aún, potenciar mi salud, sacar lo mejor de mis facultades ganando calidad de vida en todos los sentidos y tener un equilibrio emocional. Somos seres químicos y los alimentos son los compuestos que necesitamos para nuestro funcionamiento físico y emocional, por lo tanto, la elección de los alimentos interferirá en nuestro comportamiento y sensaciones.

Pero, reflexionando sobre cómo comemos y lo que comemos, puede que nos demos cuenta del desvío tan pronunciado que existe entre la dirección que nos conviene tomar y la que estamos llevando a cabo, seguramente basada en proporcionar únicamente placer y saciedad a la hora de sentir un vacío estomacal, que muchas veces tiene más que ver con un vacío emocional. El alimento se convierte entonces en un consuelo o un refugio…

¿A qué le debemos poner atención?

Nuestro termostato de sabor está totalmente contaminado a causa de la cantidad de aditivos que contienen los alimentos hoy en día. El paladar tiende a modificarse según los hábitos que uno va adoptando, es decir que, cuanto más graso, salado o dulce coma, más el paladar y sobre todo el cerebro va a demandarlo, buscando a cada vez, superar esa intensidad de sabor. Es un acto reversible, podemos reeducar nuestro paladar y que éste vuelva a saborear lo natural, sencillo, en definitiva,  calidad.

Se ha perdido parcialmente o incluso del todo, el placer de cocinar. Uno ya no tiene ganas ni tiempo para ello y va perdiendo día tras día, el contacto con los alimentos naturales, el descubrir el tacto y olor del antes y después de ser cocinado, el presenciar su transformación, el tener control sobre la calidad y también, el sentirse por un lado partícipe de experimentar algo de magia, de alquimia en la cocina y por otro, sentirse capaz de proporcionar a la vez placer y salud, es decir felicidad a uno mismo o a los demás.

El estilo de vida que se está adoptando hoy en día no hace más que potenciar un círculo vicioso: estrés-ansiedad-insomnio-depresión y la pérdida de orden e higiene alimentaria. Para contrarrestar un estrés, el cuerpo utiliza una serie de nutrientes específicos con el fin de mantener un equilibrio interno y evitar un desgaste y oxidación demasiado altos. Pero para ello, debemos proporcionar primero esos nutrientes al organismo y en la cantidad necesaria a diario. Por desgracia en lo cotidiano, cuanto mayor es el estrés, menor es la preocupación por lo que se come – la alimentación suele ser carente de lo que es justamente conveniente y excesiva en lo que no conviene, especialmente los alimentos adictivos tales como el café o té negro, el chocolate, galletas, snacks, el alcohol y el tabaco. Lo único que se consigue así, es potenciar todavía más ese estrés, y no llegar entonces a romper con ese círculo.

A cada estado anímico y físico le conviene un tipo de alimentación para evitar que vaya “in crescendo” (alcanzando efectos negativos irreversibles) a la vez de aportar lo necesario para encontrar el equilibrio y optimizar la salud.

Un desequilibrio alimentario además de alimentar un estado emocional-físico no deseado puede perpetuarlo y agravarlo dando como resultado ciertas enfermedades o trastornos como migrañas, colon irritable, candidiasis, fatiga crónica, estreñimiento, obesidad, sobrepeso, bulimia, hiperactividad, déficit de atención, artrosis, alergias, y un largo etcétera …

Es nuestro deber tomar conciencia del auténtico valor de un acto que repetimos varias veces al día y cada día de nuestras vidas como es el comer. Un alimento cumple con varias funciones, la de ser medicina también y por lo tanto, es necesario ser consecuentes y responsables a la hora de escoger lo que uno va a ingerir.

Reflexionar y auto-observarse:

  • ¿De qué abuso a diario? ¿Me conviene o no me conviene?
  • ¿Qué tipo de sabor voy deseando más a lo largo del día? ¿Qué me proporciona?
  • ¿Qué se esconde tras el apego o el rechazo a ciertos alimentos?
  • ¿Cómo estoy de energía? ¿Y mi estado de defensas? ¿Mi piel, rendimiento intelectual, digestiones, emociones? Puede que esté haciendo algo mal sin saberlo…
  • ¿Cuánto tardo en desayunar, comer y cenar? ¿Cómo respiro y mastico mientras lo hago?

Cuando uno entiende lo que sucede en su interior, su mecanismo, es cuando puede aceptarlo y solo a partir de entonces, modificarlo o cambiarlo si lo desea…

El camino hacia el equilibrio físico, psíquico y emocional parte siempre de uno mismo. Buen viaje!!!

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